De la misma descarada presunción es lo que promete Demócrito cuando dice: «Voy a hablar de todas las cosas», y el ridículo título que Aristóteles aplica a los hombres cuando los llama «dioses mortales», y la opinión de Crisipo sobre Dion, de quien decía que igualaba a Dios en virtud; Séneca dice que, si bien debe a Dios la vida, de su individualidad exclusiva depende el bien vivir. Idea orgullosa, análoga a ésta: In virtute vere gloriamur; quod non contingeret, si id donum a deo, non a nobis haberemus[???]. Séneca asegura también que la fortaleza del sabio es la misma que la de Dios, sólo que trasplantada en la humana debilidad, por donde el Hacedor nos supera. Tan temerarios principios abundan de un modo estupendo. A ningún hombre ofende tanto el verso comparado con Dios como contemplarse deprimido en el mismo rango que los demás animales, prueba evidente de que guardamos mayor celo por el propio interés que por el de nuestro Creador.
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