La primera ley que Dios impuso al hombre fue la de una mera obediencia; una orden sencilla y sin complicaciones en que el individuo nada tuviera que conocer ni que cuestionar, pues el obedecer es oficio propio del alma razonable que reconoce un ser celeste, infinitamente superior y bienhechor. De la obediencia y la sumisión nacen todas las demás virtudes, como de la rebeldía emanan todos los pecados. La primera tentación que experimentó la humana naturaleza por mediación del demonio, el primer veneno, nos fue inoculado por la promesa de ciencia y conocimiento: Eritis sicut dii, scientes bonum et malum[???]; las sirenas, para engañar a Ulises y llevarle a sus peligrosos lagos, según Homero refiere, ofreciéronle también el don de la ciencia. El tormento humano es la sed de saber; he aquí por qué la religión católica recomienda tanto la ignorancia, como el único camino de obedecer y creer: Cavete ne quis vos decipiat per philosophiam et inanes seductiones, secundum elementa mundi???. Los filósofos de todas las sectas convienen en que el soberano bien reside en la tranquilidad del alma y del cuerpo, ¿pero dónde encontrarla?
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