Los apetitos son o naturales y necesarios, como el beber y el comer, o naturales e innecesarios como el comercio con las hembras, y también los hay que no son naturales ni necesarios;
entre éstos figuran casi todos los de los hombres, como superfluos y artificiales. Es maravilla lo poco que ha menester la naturaleza para su contentamiento y cuán poco nos deja que desear. Los aprestos de nuestras cocinas son ajenos a los preceptos naturales; dicen los estoicos que el hombre podría sustentarse con una aceituna al día;
la delicadeza de nuestros vinos tampoco incumbe a su regla, ni los atractivos que añadimos a los placeres del amor:
"Neque illa magno prognatum deposcit consule connum". / "Tampoco le exige al cónsul una gran descendencia".
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