Se puede decir con verdad que la sociedad de nuestros días debe al individualismo, así entendido, los progresos de su civilización. En este sentido, no es temerario establecer que el mundo civilizado y libre es la obra del egoísmo individual, cristianamente entendido: Ama a Dios sobre todo, enseñó él, y a tu prójimo como a ti mismo, santificando de este modo el amor de sí a la par del amor del hombre.
—JUAN BAUTISTA ALBERDI. LA OMNIPOTENCIA DEL ESTADO (1880).
COMENTARIO:
El mundo odia el egoísmo porque no conoce a Dios que es egoísta pues le pide al fiel que le ame por encima de todo con total entrega y después ame al prójimo como a sí mismo. En realidad, el mundo quiere el altruismo y el solidarismo de amar al mundo por encima de Dios y encima uno por debajo del prójimo en vez de estar en relación de semejanza. Irónicamente, el mundo es egoísta a sus propios ojos, o sea, codicioso. Como el mundo es codicioso atenta contra la caridad de Dios al violar el décimo mandamiento que es no codiciar nada ajeno. El mundo no solamente no quiere ser evitar el juicio sino la salvación. El egoísta cristiano no es codicioso como el egoísta del mundo aunque no esté libre pues nadie lo está.
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